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EN EL BICENTENARIO DE SU NACIMIENTO.

 

Recuerdo de Marcelino Andrés, un vilafranquino universal.

RAFAEL MONFERRER

                                                                                                                      A.R. Sitjar

 

“Ha hecho bastante para que su patria se enorgullezca de haberle dado el ser y se aflija por no haberle sabido adivinar el mérito de tal hijo.”
                                                        

   H. Berlioz.

 

Marcelino Andrés es uno de tantos personajes egregios que la historia ha dejado en el olvido. La brevedad de su vida, en uno de los momentos más turbios de la historia de España, la no divulgación de sus escritos cuando procedía y los datos sobre su biografía con inexactitudes reiteradas, fruto de una erudición deficiente, permite justificar y han facilitado este olvido.

Marcelino Andrés Bernat (14 de mayo de 1807-21 de abril de 1837) fue un médico y explorador, notorio por sus viajes por los territorios del Golfo de Guinea, especialmente por el entonces reino de Dahomey, en la actual República de Benin, en una labor que puede considerarse típicamente de exploración en el campo de la geografía y la historia natural. La osadía de la juventud y una mezcla de espíritu aventurero e irrefrenable curiosidad científica – frecuente en los hombres de ciencia decimonónicos-, solo y sin ayuda de nadie ni soporte de entidad alguna, le indujeron emprender una arriesgada aventura, máxime cuando este tipo de viajes respondían a inquietudes totalmente personales, en unos momentos y condiciones muy dificultosas, como las efectuadas en África antes de 1830. En efecto, citar a M. Andrés es hacer referencia obligada a una pléyade de viajeros pocos conocidos del África occidental y, él, a pesar de ser cronológicamente el primero y pionero que se avanzó en treinta años a los ulteriores exploradores, el más desconocido de todos hasta el extremo de serlo en la actualidad en su propio país y en su misma casa.

Las exploraciones africanas.

Si el siglo XV marca el comienzo de la presencia europea en África y los grandes descubrimientos modernos tuvieron lugar en los siglos XVII-XVII, África no constituyo ningún referente importante de interés ni de explotación porque era considerado como lugar de transito obligado en la ruta de la India o para inquietudes personales de los más temerarios. Hasta bien adentrado el siglo XIX el continente negro, lleno de misterios geográficos y antropológicos, todavía estaba inexplorado, muy poco conocido, abandonado y totalmente olvidado por los europeos. Será en estas décadas el momento del reclamo para el comercio, civilización y evangelización africanas.

Una de las consecuencias de la creación de las Sociedades de Geografía europeas, surgidas en este siglo, fue impulsar el colonialismo europeo hacia el interior de África. Por otra parte, por estimables que sean los resultados conseguidos con estas expediciones, iniciadas cuando Andrés ya había fallecido – de aquí que su mérito sea mayor-, pueden considerarse como un periodo inicial. Las exploraciones africanas sistematizadas de los españoles comenzaron por el norte del continente para proseguir, lustros más tarde, por África occidental. Por estos tiempos los intereses españoles continuaban decantados por la ambición americana y en este aspecto, la conveniencia por las colonias sería muy tardía.

La llamada de África.

Marcelino Andrés fue el séptimo de once hijos, nacido en una familia humilde de Vila Franca. En octubre 1826 iniciaba los estudios de medicina en Barcelona, realizados en dos etapas, para concluirlos en 1834 con el grado de doctor. En la capital catalana trabó amistad con su condiscípulo, Mariano de la Paz Graells, el que sería eminente y destacado entomólogo que influyó y despertó en Andrés un gran interés por las ciencias naturales. Los dos estudiaban juntos y concibieron el proyecto de realizar un viaje a tierras incógnitas para descubrir nuevos elementos de estudio. Andrés era un gran entusiasta de la geografía y anhelaba contribuir en los avances de esta ciencia con algunas aportaciones de propio cuño.

Por aquel entonces un viaje de tales características adquiría tintes épicos. Pero nada menguó el entusiasmo de Andrés. Con todo y ser el alumno más brillante y aventajado de la promoción, aprovechando el cierre de la universidad por los disturbios políticos en plena Década ominosa y vencer múltiples problemas de toda índole, el 13 de noviembre de 1830, “como era pobre” se embarcaba en un bergantín negrero rumbo al Golfo de Guinea.
El 13 de enero de 1831 pisaba tierra en Ouidah, en Dahomey, una base importante del comercio entre África, Europa y las Antillas. Por mantener la palabra con el capitán de la nave, prosiguió rumbo al Caribe, en la llamada travesía intermedia, la segunda etapa del Triángulo de Guinea. Siete días más tarde de la llegada de Cuba, retornaba a África desembarcando en el mismo puerto.

Andrés, al pisar tierras africanas en la escala efectuada en Ganha, enfermó de gravedad por un proceso intestinal que a punto estuvo de costarle la vida y no llegaría a remontar jamás. Con todos sus achaques no se amilanó en su cometido y así nos suministra información de los territorios visitados en la Costa de los Esclavos: la demarcación costera situada entre Accra y Cabo López (Ghana, Togo, Benin, Lagos, Nigeria y Gabón, en donde remontó el río Ogogué). Viajó por las islas de Fernando Poo, Santo Tomé y Príncipe, Annobón y Santa Elena. Pero su actuación principal se centró, de manera especial, en reino Dahomey y recorrer toda el área comprendida desde el litoral bajo y la zona central interior hasta las estribaciones lejanas de la sierra Atadora: las provincias Zou, Atlantique, Oueme y Mono del actual Benin.

Impresiones del país de los fon.

En Dahomey, Andrés, desde el primer momento, estuvo adscrito al equipo médico del dadá, “el señor de la tierra”, “el sultán de Benin”, el rey Ghezo (1818-1858) – el más importante de los monarcas del reino- que por entonces tenía la misma edad que el vilafranquino. Una posición y prerrogativa que le facilitaría sus diferentes labores.

Como viajero, Andrés describe los itinerarios realizados con las correspondientes observaciones y descripciones fisiográficas en la dimensión físico-natural, demográfica y humana de la demarcación citada, especialmente Dahomey, el país de los fon – así también conocido por ser ésta la etnia dominante del reino sobre la mahi, nagó y maleé -. Nos suministra, con propiedad, noticias de las ciudades visitadas especialmente de Abomey, la sede de la corte, con su palacio real y estancias, recepción y privilegios de los viajeros. La vida cotidiana, costumbres, indumentaria, hábitos alimentarios y productos comestibles. Mercados, caza, pesca. Recuerda la religión animalista y fetichista con las diversas deidades y el alto frado de superstición y fanatismo con el ídolo más invocado la boa, Dangué, a la que ofrecían en sacrificio animales y hasta criaturas humanas. Son variadísimas las anotaciones sobre etnología, cultura, estructura política, resaltando las fiestas divinas en acción de gracias y de honor a los difuntos reales y en el retorno victorioso del ejército de sus batallas junto al ibogá de Gregué, el árbol totémico del reino. No olvida las fiestas religiosas ni las patrióticas con los mas variados fastos y desfiles con la participación de las amazonas, las elites guerreras.

En el campo de la botánica, “lo más estimable de nuestras averiguaciones, cuenta haber formado un herbario de seis mil plantas reuniendo muestras de diferentes especies de cafés con sus correspondientes semillas y añiles materiales colorantes, y otras extraídas y preparadas por él miso con fines pragmáticos, ornamentales y principios aplicables a la medicina, artes, etc. Coleccionó moluscos e insectos. Describió con todo detalle la morfología externa de la fauna particularmente la avícola y de los mamíferos endémicos.

En la dimensión antropológica observó las características somáticas de los negros guineanos en las distintas etapas de su vida y las diferencias entre los del continente e isleños. Indagó en la causa del intenso color blando de los dientes de los nativos, la edad de inicio de la de ambulación de los niños y la disposición anatómica de la pelvis y de los genitales externos de las púberes guineanas. Cuestionó algunos postulados de Saint-Clair, Virey y el Conde de Bufón. Colaboró y ayudó a Ramón de la Sagra. Todos ellos, autores coetáneos de Andrés y exponentes de la mentalidad de la noción utilitaria de las ciencias naturales en sus respectivas especialidades. Todo un claro exponente que M. Andrés era un personaje crítico, receptivo y de mentalidad abierta conocedor del momento presente de la ciencia de su tiempo.

Como médico, ejerció y conoció las entidades endémicas: enfermedad de Guinea o dracunculosis y otras parasitosis como la filariasis. Herpes, fiebres intermitentes (paludismo, fiebre amarilla, fiebres entéricas), oftalmias, escorbuto, tétanos. Hernias, esterilidad femenina, etc. Ante la gran mortalidad producida por las viruelas fue un innovador y aplicó remedios nuevos en la zona, como la vacunación antivariólica –al poco de ser descubierta- sin resultados satisfactorios. Observó los efectos nocivos de la mordedura dañina de algunos animales venenosos y recogió los remedios terapéuticos de la etnomedicina. Supo del carácter melancólico de los nativos, especialmente de las mujeres, etc. Hizo sus escarceos en la semántica fon dejando una aportación, escasa pero notable, una particularidad no habitual ni al uso en los viajeros. Se ocupó de dar el nombre a buena parte de las instituciones y de los entes que trata sin ninguna preocupación fonética ni sintáctica ni gramatical. Solo en la numeración se muestra explícito. Se limita hacer un vocabulario por campos semánticos afines.

 

Recta final.

Tras permanecer casi dos años en Dahomey, a consecuencia de las frecuentes recaídas por el tifus con su deterioro manifiesto, regresó a España recalando en Santa Elena, Río de Janeiro, La Habana e isla Tercería en un desafortunado retorno. Todo su material y colecciones quedaron en África por negligencia del capitán del barco que había de conducirlas a Barcelona. También por la pérdida de los anímales que se traía, muertos por el frío en el pasaje de retorno, incluso Andrés mismo que se sintió muy mal y a punto de morir cuando a la altura de Gibraltar. Llegó a la capital catalana en 1832, “poniéndose muy bueno y robusto”. Pudo concluir los estudios médicos y elevar al ministro de la Gobernación una memoria aconsejando la conveniencia de la colonización de Fernando Poo, pues el estado de abandono de la isla era una situación de la que se aprovechaban los ingleses (1827-33).

Por otra parte, ante la contrariedad por la pérdida de todo su bagaje científico y enseres, Andrés quiso regresar a África para recoger “el material que yo conservaba y se me ha extraviado”. Para ello se preparó convenientemente con Graells (por entonces catedrático de anatomía y taxidermia en Barcelona) en el curtido de pieles y embalsamamiento de animales. Con el pasaje en la mano, un suceso improvisto lo impidió. Había ido a despedirse de sus padres que residían en Tortosa justo en el periodo mas álgido del cólera que tanto se cebo en la cuidad episcopal. Andrés no quiso dejar a su familia en semejante situación incardinándose como medico activo y destacado en la epidemia. Por este motivo difirió el viaje, como hizo saber al capitán del barco, que ya nunca realizaría pues se quedaría definitivamente en Tortosa por contraer matrimonio en 1835. Aquí ejerció de medico y docente sin dejar su otra afición preferida de naturalista. Confecciono una colección de insectos de los alrededores de Tortosa (1836) y otra de minerales y mármol pulimentado también en Tortosa (1837). Falleció de forma casi súbita el 21 de abril de 1837. Dejaba inconclusa otra colección de aves acuáticas y de ribera que frecuentaban los Alfaques y una historia de Dahomey para publicarla. Tenía ante él un prometedor futuro científico.

Al titulo de doctor en medicina (1834), Andrés añadía el de director de la clase de Agricultura de la Sociedad de los Amigos del País de Tortosa (1836), Académico de la correspondiente de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona (1837), de la Real Academia de Medicina de Barcelona y subdelegado de Medicina de Tortosa y su partido (1837).

¡ Sólo mi voz apagada! Invitación a la memoria

M. Andrés hubiera podido ser un prestigioso viajero y un brillante científico en el campo de las ciencias naturales y la medicina de no haber perdido prematuramente la vida, digna de una narración novelesca, y su trabajo un sueño que ni llegaría a efímero. Su legado también se extravió y su labor se conoció treinta años después de su fallecimiento cuando paradójicamente fue el primer español y de los más avanzados de los viajeros de África occidental. La circunstancia de no haberse divulgado sus escritos en su momento justo, cuando procedía, también ha eclipsado su nombre. Y que el mismo Graells lo reivindicara, una vez mas, en 1884, quizás signifique algo:

“Al terminar mi relato rectificando al Sr. Costa, dejo consignado que, contra lo que nos afirmó en su discurso, hace cincuenta años que existió un español que por amor a dos estudios geográficos, sin auxilio de nadie, con sus recursos intelectuales, solo y con un atrevimiento admirable, tuvo valor suficiente para penetrar en el interior de Guinea, instalándose entre los negros y las fieras y desafiar las repulsivas condiciones que existen en aquellas abrasadas tierras para la adaptación de la raza europea. Queda pues, consignado que mi inolvidable amigo Dr. D. Marcelino Andrés precedió muchos años, muchos, en las investigaciones de guinea a esos intrépidos viajeros, cuyas correrías con tanta galanura nos ha descrito el Sr. Costa. Para estos últimos resonó por Europa el clarín de la fama, para el malogrado Marcelino Andrés, ¡sólo mi voz apagada!”. 

Amargas palabras, las suficientes para sugerir como el nombre de Marcelino Andrés sin ruidos ni alharacas, sigilosamente y humildad ha entrado y figure en los anales de la historia de la ciencia que la perspectiva del tiempo sabrá valorar.

Afortunadamente Andrés había llevado consigo los apuntes con el diario de sus viajes y exploraciones. Tras su muerte todos sus papeles fueron entregados a Graells, y el legado de éste al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. En 1933, la Real Sociedad Geográfica Española, coordinado por Barreiro, los editó en el libro Relación del viaje de Marcelino Andrés por las costas de África, Cuba e isla de Santa Elena (1830-1832). Esta obra, que reúne pasajes de gran belleza literaria, una especie de diario escrito con cierta anarquía y desorden, desde la observación personal del autor, es de sumo interés y pone de relieve la gran y densa tarea del explorador en aquellos territorios africanos.

Por otra parte, en una revisión metaanalítica sobre las Sociedades Geográficas y la relación de los exploradores españoles del siglo XIX, la lista es muy parcial e incompleta especialmente por lo que a Andrés se refiere, sobre el que se ha escrito muy poco que merezca credibilidad. También lo citan algunos autores de solvencia, enciclopedias y textos de divulgación con inexactitudes reiteradas que sin duda en nada favorecen a nuestro personaje cuyo nombre figura en la epigrafía urbana de Vilafranca y de Valencia, ciudad que además cuenta con un colegio público de infantil y primaria con ese mismo nombre y el conjunto musical Explorador Andrés Blues Band con predilección por el blues y swing.

Los hombres mueren cuando caen sobre ellos el manto del olvido. El bicentenario del nacimiento Marcelino Andrés es un buen pretexto para recordar al intrépido explorador vilafranquino tan notorio como desconocido. Atrás quedan sus aventuras y desventuras, y en esta nota un breve recuerdo para embriagar el silencio del olvido.

Rafael Monferrer es médico internista y profesor asociado de la Universidad de Valencia.

Fuente: R. Monferrer. L´explorador Marcel.lí Andrés (1807-1837). Una aproximació biogràfica (libro en prensa).

 
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