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Marcelino Andrés y su viaje por las costas del Golfo de Guinea y el antiguo reino de Dahomey (1830-1832)

En esta nota se intenta realizar una aproximación biográfica y recuperar la figura de un explorador del siglo XIX: Marcelino Andrés y Bernat. El conocimiento de su vida y su obra nos ayudara a rescatar del olvido la memoria de quien, a no ser por las circunstancias desfavorables del azar, hubiera sido, sin duda, uno de nuestros más prestigiosos exploradores.

En efecto, Marcelino Andrés, todavía totalmente desconocido en su propia tierra de origen, es uno de los valencianos notorios del siglo XIX y un claro exponente de los hombres de ciencia decimonónicos u que ha de sorprender por su gran capacidad de trabajo y diversas facetas de su personalidad que le han convertido en una figura sobresaliente en su época en el campo de las exploraciones científicas.

.: Presentación.

En los albores del siglo XIX y en uno de los años más sombríos de la historia de España, formando contraste con una centuria caracterizada por un encadenamiento de intrigas, comedias, dramas y el colapso de las ciencias y la medicina, es cuando  nació Marcelino Andrés. Se trata de una época llena de contradicciones y adaptación difícil a un crecimiento demográfico constante y estabilidad de las estructuras sociales presididas por unos acontecimientos políticos que agravaron mas el progreso científico caracterizado por la transformación de una ciencia básicamente académica en una ciencia cada vez mas vinculada a la producción, a la tecnología y a los intereses sociales. En el ámbito universitario, la centralización y uniformidad a lo largo del periodo junto a la precaria situación económica con especial repercusión en la enseñanza de las materias clínicas en las facultades de medicina y hospitales, muy deteriorados por falta de medios, constituyen, entre otras, las circunstancias que a los historiadores de la ciencia han permitido definir a este primer tercio de siglo como período de la catástrofe caracterizado por corresponder a un momento de decadencia con perdida de la altura conseguida a fines del siglo XVIII y por el intento de recuperación de los hábitos de trabajo científico.

Por otra parte, si recordamos que el siglo XV marca el comienzo de la presencia europea en Africa, se puede afirmar que hasta el siglo XIX este continente seguía siendo muy poco conocido, abandonado y en pleno olvido. Después de las grandes expediciones de Mungo Park por el Niger (1795-1797, 1805-1806) y la de Alí Bey por Marruecos (1803-1805), la primera exploración importante fue la de Deham, Oudney y Clapperton (1822-1825) y Caillié (1827-1828) ambas por el Níger. Desde estas fechas se produjo en Europa un doble movimiento de interes hacia Africa: 1) el científico, promovido por la British African Association y la Societé Gèográphique de París, que condujo a la exploración de Africa con la triple finalidad: científica (explorar el interior del continente), economía (abrir nuevos mercados) y humanitaria (combatir la esclavitud) y 2) el político que culmino con el reparto de tierras entre potencias europeas a finales del siglo XIX, marcaran el comienzo de la exploración africana con un propósito definido. De este modo, será a partir de 1850 cuando se manifiesta una gran actividad exploradora que pondría fin al desconocimiento secular que los europeos tenían del interior del continente africano.

En este contexto geohistorico, junto a estos viajeros sobresalen otros exploradores españoles muy poco conocidos que en proporción mayor a la de aquellos también recorrieron las tierras de Africa. Y entre todos ellos, destaca por derecho propio el nombre de Marcelino Andrés, un joven medico que sin respaldo de  instituciones ni ayuda de entidad alguna y sin el concurso de nadie mas que el propio equipo de porte y por mera iniciativa particular fue el primer español que viajo por los territorios del Golfo de Guinea  y el autor de la primera obra seria hispana que realiza una aportación a este genero narrativo de viajes al continente africano al igual que su modesta contribución al mejor conocimiento de las tierras por él recorridas y al desarrollo de diversas actividades propias de un viajero emprendedor y cuya actuación tal vez sea la mas ignorada siendo, sin embargo, muy interesante.

Andrés, médico de carrera y oficio, es un ejemplo de estos personajes decimonónicos. Hombre dinámico e inteligente, superó con éxito un azaroso viaje y además acopió abundante material y observaciones sobre geografía, fauna, flora, costumbres y otros aspectos de las tierras que recorrió. Si bien, donde M. Andrés brilla con propia luz es, como queda dicho, en el mundo de las exploraciones de la historia natural.

.: Su biográfica y el relato de su viaje, publicado por Barreiro, es lo que ha suscitado nuestro interés tanto mas cuanto fue pionero de los exploradores africanos de las costas de Guinea cuando estos verificaban sus expediciones en unos momentos y circunstancias difíciles como lo fueron las efectuadas hasta 1830. Pues por estimables que sean los resultados conseguidos con estas exploraciones, pueden considerarse como un periodo de comienzo dado que tuvieron principalmente por objeto el N del continente africano.

Bien merece que su obra sea conocida y comentada. Mas para hacerlo parece conveniente recordar lo que sabemos acerca de ola vida y personalidad de su autor.

.: Noticia biográfica de Marcelino Andrés y Bernat.

Este parágrafo pretende esbozar el recuerdo biográfico de Andrés y los estudios dedicados a su memoria.

Infancia y estudios universitarios:

Marcelino Andrés y Bernat, que así se llamaba y no Marcelino Andrés y Andrés como erróneamente han afirmado la mayoría  de los estudiosos, había nacido en Vilafranca del Cid, corregimiento de Morella, Reino de Valencia, el 14 de mayo de 1807 en una familia numerosa y poco acomodada, siendo el noveno de los once hijos habidos del matrimonio de Francisco Andrés Barbera con su segunda esposa María Francisca Bernat Tena, con quien se desposo el 18 de agosto de 1790. Su padre, Francisco Andrés  estuvo casado en primeras nupcias con María Andrés Andrés que falleció al año de sus esponsales sin haberle dado descendencia, ahí que a nuestro personaje se le conozca por Marcelino Andrés Andrés.

Los consortes formaban un matrimonio de labradores de fina sensibilidad que a principios de la segunda década de la centuria se traslado a Tortosa, donde se convertirían en propietarios que procuraron facilitar a alguno de sus hijos, los medios necesarios para estudiar una carrera superior, en el Real Colegio de Cirugía de Barcelona.

La parquedad de fuentes no permite reconstruir el itinerario de la infancia y adolescencia de nuestro biografiado y por tanto difícil de discernir su domicilio, en dónde y con quien aprendió las primeras letras aso como el motivo de sus estudios médicos. A los 19 años, Marcelino pasó a Barcelona para iniciar medicina en 1826, matriculándose de alumno romancista con el número 18 en el Real Colegio de Cirugía el primero de octubre de 1826. El 26 de septiembre de 1827 recibía el grado de Bachiller en Filosofía, presentándose a los exámenes anuales de 1827, 1828, 1829 y 1830 (2ª-5ª clase, respectivamente) obteniendo la censura de sobresaliente en todas las asignaturas. Tras el paréntesis de su periplo, continuo durante 1832-1833 (6ª y 7ª) para lograr el 8 de julio de 1833, el titulo de Bachiller en Medicina y Cirugía y, el 4 de octubre de 1834, el grado de Licenciado Médico-Cirujano.

.: Las aficiones de naturalista.

En el año de 1827, las fracciones más intransigentes del partido absolutista promovieron en Cataluña un alzamiento, que fue ahogado en sangre, lo que posiblemente, motivaría que Andrés fuera a pasar las vacaciones veraniegas a Caldes de Montbui con su intimo amigo y condiscípulo, Jaime Cuspinera.

En esta ciudad y en una tarde estival al retirarse de pasear los dos compañeros, casualmente fue presentado por Cuspinera a Mariano de la Paz Graells (asimismo estudiante de medicina en Barcelona, en un curso inferior a Marcelino, hijo del médico de la localidad, Ignacio Graells), cuando el futuro entomólogo cazaba insectos en el campo y Andrés, algo sorprendido por tal ocupación, con su sagacidad y genio franco le manifestó pareceres nada favorables a las aficiones entomológicas. Ante ello, Graells le persuadió tan razonadamente que el de Vilafranca acabó confesando con la mayor sencillez: “¡ cuan atrasado estoy! ¡cuánto me falta que saber, pues aun ignoraba que existiese un estudio formal sobre los insectos y muchos mas que pudiese ser tan útil al hombre! A mi, continuo, siempre me han encantado las obras de la naturaleza, he deseado estudiarlas ¿pero donde se enseñan? En las demás naciones de Europa, le respondí, en las cátedras y museos, en España apenas existen aquéllas ni estos, y con harto trabajo se aprenden en los libros y en el campo. Ardua empresa es, me dijo, y añadió: para eso tanto valiera irse a estudiar al Africa”. Y fue precisamente entonces cuando iniciaba su primera lección.

El carácter noble y expansivo de ambos amigos entraño profunda amistad a través de una relación verdaderamente fraternal. Sus estudios médicos les llevaban todos los días a la biblioteca del Colegio de Cirugía, confiada entonces al cuidado de Graells. Allí, fuera de las horas lectivas, conversaban sobre temas científicos, materias de historia natural y forjaban proyectos de viajes a tierras incógnitas para descubrir nuevos elementos de estudio. No hay que olvidar que Andrés era muy entusiasta de la Geografía y abrigaba la ilusión de contribuir a los adelantos de esa ciencia añadiendo a los mapas alguna isla desconocida o descubriendo el origen y curso de algún río, mientras que el de Tricio quiso ser marino mercante, lo que le permitiría visitar países lejanos, conocer nuevos ambientes y estudiar los animales y las plantas en sus habitas peculiares y de este modo poder satisfacer su pasión por el estudio de la naturaleza.

Así continuaron hasta 1830, en que la llamada década ominosa termino como había empezado: cerrando la Universidad durante los cursos 1830-31 y 1831-32, a lo largo de los cuales los alumnos solo acudían a la misma a examinarse, debiendo seguir sus estudios con un profesor particular. La docencia se reanudo el 7 de octubre de 1832, año en el que por las revueltas políticas hubo de clausurar las universidades españolas y as diferentes escuelas de estudios mayores fueron cerradas. La de Medicina y Cirugía de Barcelona vio dispersarse el numeroso concurso de lo discípulos que la frecuentaban hasta que se restableció en 1837.

Andrés era uno de los mas aplicados, con todas sus notas de excelente, y aunque estaba próximo a concluir su carrera, que de este modo quedaba suspendida temporalmente, convino llegada la  hora de poner en ejecución sus proyectos, según nos cuenta Graells: “Yo voy a viajar, me dijo, si quieres venir conmigo podemos realizar nuestras soñadas expediciones. Un viaje hacia el Cabo de Buena-Esperanza sería bonito paseo, y no creas sea una cosa imposible para nosotros; hete aquí mi plan. Nos embarcamos en un barco negrero, y nuestro pasaje al Africa aun nos puede producir alguna ganancia. Cuando estemos allí, veremos lo que nos convenga más” Graells que no accedió, arguyendo ser hijo único y la consiguiente oposición materna, a los deseos de su amigo, el cual así determino lanzarse solo a la aventura pidiendo le diese algunos consejos para recoger, preparar y conservar insectos, plantas y demás productos naturales de los países que visitase, sugiriéndole las principales circunstancias a que debía atender en su recolección para poder tener datos para su historia. Cumplió Graells el encargo entregándole un cuaderno de instrucciones, y con esto, algunos libros e instrumentos, un botiquín bien surtido y sus ropas de porte formaron todo su equipaje.

.: Un proyecto ambicioso: el viaje.

Cuando contaba con 23 años de edad, iniciaba la andadura y el periplo que lo mantuvo lejos de su tierra durante cerca de dos años aprovechados en el ejercicio de la medicina y en la practica de exploraciones e investigaciones cuyo fruto se manifestó a través de un herbario de seis mil plantas, colecciones de semillas desconocidas y muestrarios de moluscos, aves, insectos y estudio de la flora y fauna exóticas así como unos apuntes médicos de sus observaciones clínicas.

Era un 13 de noviembre de 1830 cuando se embarcaba en el puerto de Barcelona en el bergantín español Nueva Amalia (cargado de frutos y efectos) que hacia la travesía a América vía Santo Tome, rumbo a esta ultima. Tras sesenta y un días de viaje bordeando las costas occidentales de Africa, pisaba tierra por primera vez en Ouidah el 13 de enero de 1831. Si bien, tuvo que continuas hasta La Habana por mantener la palabra con el capitán de la nave Juan González de Cepeda, a pesar de habérsele ofrecido la posibilidad de ser nombrado medico del equipo del rey Ghezo (1818-1858), reembarco para proseguir viaje rumbo a La Habana en la denominada travesía intermedia. A los siete días de estancia en la isla de Cuba, tomo pasaje de regreso a Dahomey con el bergantin-goleta Catalana y tras repostar víveres en Keta, desembarco en Ouidah.

Andrés no gozo de buena salud desde que llego a tierras africanas. Pues según Graells, fue en Aquita (Keta), con motivo de la escala hecha por la nave para repostar víveres cundo regresaba de Cuba, donde Marcelino se sintió indispuesto, enfermando gravemente de tifus que le duró cerca de mes y medio y que a punto estuvo de costarle la vida a nos ser por los solícitos cuidados de su amigo Antonio Constantí. Andrés, expuesto en una cabaña de negros bajo los ardores del sol abrasador de día y a la humedad y emanaciones pantanosas de noche, hubiera perecido si no hubiese sido por los asiduos cuidados y desvelos de su buen amigo que, no siendo médico, tenía que leer los libros del enfermo para proporcionarle algún alivio. “Con todo es digno de contarse aquí que precisamente en la misma noche que hizo crisis la enfermedad y en que luchando con las agonías de la muerte venció al mal la buena naturaleza del enfermo, estuvo éste a pique de ser víctima de un descuido involuntario. Un horroroso tigre se introdujo en la choza que habían dejado sola y destrozo las gallinas que tenían en ella y reservaban para hacer caldo. El olor fétido que exhalaba Andrés, fue seguramente la causa de que la fiera repugnase hacer presa de él”

En marzo de 1831 con la corbeta inglesa La Tola se trasladó a Fernando Póo en donde estuvo un día y dos noches “bastante indispuesto”, dirigiéndose después a Santo Tome. En los meses de julio y agosto de 1831  remontó 120 leguas el cauce del río Gabón con una corbeta. Luego, residió mayormente en Dahomey en donde trabajó con el equipo medico adscrito a la casa real a la vez que realizaba sus trabajos de explorador que le llevaron a recorrer diecinueve territorios de la zona “según tengo observado en todos los pueblos de Guinea porque he viajado” en el periodo de “cerca de dos años de permanencia en el Reino de Dahomey y colocado en la más bella posición para estudiar todos los instantes que la salud me permitió a dicho objeto”, hasta que débil y enfermo regresó a España, tras pasar por la isla de Santa Elena, Río de Janeiro, La Habana e isla Tercera, en un desafortunado retorno. Su equipo, manuscritos y colecciones no salieron de Africa por un despiste del capitán del barco que había de conducirlos a Barcelona. Y por otra parte, porque durante la travesía los animales que llevaba consigo como un tié-tié (muy querido por él), dos “hermosas monas y un orangután”, no pudieron resistir el frío y murieron “a la altura de las islas Terceras cuando venía para España”, al mismo tiempo que él se vio muy castigado por la fiebre que lentamente le consumía, temiendo sucumbir, especialmente, entre la isla Tercera y Gibraltar. Arribó a la ciudad Condal a mediados de 1832.

.: Conclusión de los estudios médicos. Otras Actividades.

Repuesto prontamente, mejorado y fortalecido al poco tiempo de estar en su país “poniéndose muy bueno y robusto, de modo que al año y medio (1834), y después de haber hecho mil diligencias para adquirir su equipaje, viendo que eran inútiles, resolvió volver a Guinea no solo con el fin de recoger “el material que yo conservaba.... y se me ha extraviado”, sino de continuar sus trabajos.

De nuevo en Barcelona, Andrés, restablecido, prosiguió los estudios de Medicina en 1832 y 1833 para conseguir el 4 de octubre de 1834 el grado de Licenciado Médico-Cirujano, al igual que su amigo Graells.

No obstante, decidido a recuperar sus colecciones, apuntes, libros, material perdido y objetos que habían quedado en Africa por culpa del capitán encargado de conducirlos, y continuar sus anteriores campañas, tras haberse ensayado esmeradamente bajo la dirección de Graells en el curtido de pieles y embalsamiento de animales, pues este era experto en la materia, como lo avala el hecho de que fuera catedrático propietario de Zoología y Taxidermia de la Academia de Ciencias Naturales de Barcelona (1835-1837), y con el pasaje en la mano, un acontecimiento inesperado le obligó a suspender el viaje.

.: Domicilio en Tortosa.

Había ido M. Andrés a Tortosa a despedirse de sus padres, justo cuando el cólera azotaba duramente la ciudad del Ebro, circunstancia ésta que aconsejó a Marcelino no abandonar a su familia tomando la resolución de diferir el viaje para otra ocasión mas oportuna como cumplidamente hizo saber al capitán del barco a través de Graells.

En 1834 permaneció en Tortosa, en donde actuó como abnegado médico con celo intachable y ejemplar en la epidemia del cólera que en los meses de agosto y septiembre cernió sobre la ciudad episcopal, demostrando una vez mas su gran temple y entereza a tenor de sus condiciones físicas por las recaídas sufridas del proceso infeccioso febril adquirido en Africa y por tratarse de un hombre corporalmente débil. Si bien, ante nuestras infructuosas consultas en los Archivos y Museos de Tortosa debido al expolio y destrucción de sus fondos, no nos ha sido posible esclarecer sus funciones medicas especificas en la calamidad infecciosa, docentes y otros haceres durante sus últimos años en esta ciudad.

Extinguida la epidemia proyecto regresar de nuevo a Africa, pero no fue así porque se afincó definitivamente en Tortosa debido a su matrimonio, contraído el 22 de enero de 1835, con la joven alicantina residente en esta ciudad, María de los Dolores Altarriba Piñol (1815-1868), sobrina del conocido y acaudalado medico Dr. Mariano Abelló Calsapén, quien había legado su fortuna a los recién casados con la firme y resuelta oposición a la marcha de Marcelino. Este se resigno a seguir viviendo en Tortosa, ejercer de medico y docente, sin dejar de cultivar su afición preferida de naturalista. Estableció su residencia en la calle del Angel nº 5, en donde nacieron sus hijos: Escolástica (1836-1889), quien no tuvo descendencia, y , Marcelino, póstumamente, el 15 de julio de 1837, de cuyas venturas y desventuras nada hemos podido averiguar.

.: Académico. Fallecimiento.

Al titulo de doctor en Medicina y Cirugía, Andrés reunía el de Directo de la clase de Agricultura de la Sociedad Económica de Amigos del País de Tortosa y Socio Corresponsal de la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, entidad que lo admitió el 23 de marzo y de hecho desde el 6 de abril de 1836, motivando una nota de agradecimiento que, por ser la única autógrafa que se conserva de nuestro personaje, transcribimos:

“Al inmerecido honor que esa Real Academia dispensa nombrándome socio corresponsal, según sirve Ud. Comunicarme en su oficio 6 del actual, no puedo menos de corresponder aceptándolo con la mas profunda gratitud, con el sentimiento y amparo de mi insuficiencia para llevar cumplidamente los filantrópicos y vastos deseos de tan distinguida corporación. Sin embargo, las luces de su seno naturalmente se difunden sobre sus miembros, espero me ilustrarán y servirán de guía. Así me prometo la bondad de V. Se lo hará presente en nombre mío, asegurándole al propio tiempo, que no perdonaré medio para completar mis débiles fuerzas en obsequio de l Academia a que me gloriaré siempre de pertenecer. Dios ge. A V. Sua. Tortosa y Abril 30 de 1836. Dr. Marcelino Andrés (firmado y rubricado). S.D. Antº Monmay, Srio. De la RI Academia de Ciencias naturales y Artes de Barna”.

Por este motivo quiso corresponder remitiendo el 26 de octubre de 1836 una colección de insectos de los alrededores de Tortosa que acompañó a su oficio de gratitud por la admisión en la academia barcelonesa. El 19 de abril de 1837 donaba otra de varios minerales, entre ellos mármol pulimentado de Tortosa, y una tercera de mármoles y diferentes minerales del mismo país que remitió a esa Academia poco después. Cuando la parca le sorprendió estaba formando otra colección de las aves acuáticas y de ribera que frecuentaban los Alfaques, así como la preparación definitiva de la historia de Dahomey para su publicación. Todo lo cual, al igual que su fructífera vida, fue truncado por su prematura muerte.

Doce horas después de haber expirado le llegó el nombramiento de socio agregado de la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona y subdelegado de Medicina en Tortosa y su partido según propuesta del 7 de marzo de ese mismo año.

Marcelino Andrés y Bernat, próximo a cumplir los treinta años, falleció a consecuencia de una “gastroenteritis intensísima que le quitó la vida en menos de tres días, en Tortosa a la una de la madrugada del viernes 21 de abril de 1837, tres meses antes de que naciera su hijo. Fue enterrado el día siguiente en lo fossar del Rastre.

El 3 de marzo de 1838, a propuesta unánime de la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona, tuvo lugar una sesión necrológica en su memoria en la que el socio Arriete, en calidad de secretario de la sección de Historia Natural y en ausencia del Dr. Graells, leyó un elogio fúnebre escrito por este: la Noticia histórica de D. Marcelino Andrés y Bernat, doctor en Medicina y cirugía socio corresponsal de la Academia de ciencias naturales y artes de Barcelona, de la Sociedad económica de los Amigos del país de Tortosa, director de su clase de agricultura, etc. Etc., publicada en 1842

.: Un home sornut.

Ignoramos cómo era el semblante físico y enfermizo de M. Andrés, pero sabemos que a los notables rasgos señalados de la sagacidad, aplicación, estudio, entusiasmo, mentalidad abierta y liberal, bonhomía, valentía y emprendimiento en nuestro viajero intrépido, como peculiaridades propias de su vida privada, en aras a la justicia y siguiendo a quien mejor lo conoció, cabe recordar que “a un genio observador y muy propio para la cultura de las ciencias reunía un carácter que, aunque a primera vista parecía adusto y serio, mirado mas de cerca era dulce y amable; era franco con todos, leal a toda prueba con sus amigos, y su cordial intimidad con los que le habían dado muestras de serlo no tenía límites. Agradecido a sus maestros y bien hechores les hubiera dado la sangre de sus venas, y generoso y compasivo con sus semejantes, sólo pensaba en hacer bien a todos”

Todo lo cual equivaldría a la clara expresión de la fiel caracteriología típica del vilafranquino, lo que en otras palabras y en el lenguaje de la tierra es conocido por un home sornut, esto es, un hombre austero, bronco, concienzudo, tenaz, trabajador incansable, poco amigo de los triunfos fáciles y deslumbrantes, mas bien, al contrario, forjado para situaciones difíciles y de lucha frente las tendencias que persiguen el goce a la vez inmensamente cariñoso, humilde y respetuoso.

.: Estudios en su memoria.

Marcelino Andrés ha sido objeto de tres aproximaciones con carácter biográfico: una nota necrológica por Graells y dos biografías escritas por Barreiro y De Roda, francamente, poco para recordar a tan gran personaje, dado que los estudios de Flores, Almela y Vives, Monfort y Monferrer solo se limitan a dar una lacónica referencia y apunte sobre su figura histórica. Sin que falten otras panfletarias y de dudosa credibilidad, como la que se puede leer: “...Hacia 1832, don Marcelino Andrés, médico vascongado dotado de loable iniciativa y curiosidad científica llevo a cabo un periplo entre las islas de Cabo Verde y Angola..... Sobre Dahomey escribió una memoria muy completa que , publicada en España y traducida al francés, fue utilizada como fuente básica de información en círculos colonialistas parisinos durante los preparativos que precedieron el establecimiento de un protectorado galo sobre aquel antiguo reino guineano, transformado en colonia en 1897, o aquella que indica; “herborizó en diversos países de América”

También entre sus biógrafos se aprecian algunas inexactitudes llenas de interrogantes, así como ciertas discrepancias cuya justificación bien podría ser el hecho de haberse limitado a utilizar, exclusivamente, los datos aportados por Barreiro más que la propia noticia de Graells, por otra parte, el testimonio más fiel de los existentes y nuestro máximo soporte biográfico.

Así , se explica cómo sólo sus paisanos son los que han aclarado la confusión acerca de su patronímico y, hasta la fecha, ninguno de los estudiosos  de Andrés ha investigado su itinerario académico, viaje, legado escrito y su trayectoria biográfica final al igual que ignorar totalmente la fecha y lugar exacto de su fallecimiento debido a que todos los autores se han basado en los datos que aporta la reseña que escribiera Graells publicada en 1842. Si bien, si se lee con detención en lo que a esto ultimo concierne, vemos que el ilustre naturalista, omitiendo fechas, claramente indica en la misma: “... pues

Nuestra amistad aunque tan intima, solo databa de diez años a esta parte”, efectivamente desde el verano de 1827 hasta 1837, el año de su fallecimiento. No obstante esta matización, la fecha de la publicación de la sesión necrológica, creemos, ha sido el motivo de confusión para todos ellos, los cuales sitúan su fallecimiento en 1842 sin indicar la fecha ni el lugar del mismo o en 1852 y en Barcelona.

El Ayuntamiento de Valencia, siguiendo la vieja costumbre de rotular algunas vías de la ciudad con el nombre de valencianos ilustres, le dedico una calle en el distrito marítimo con el titulo Explorador Andrés (1964), nombre que también tomó el colegio público sito en esa calle (1986). El mismo escogido en su pueblo natal para sustituir el de otra en el sector NE de la población (1983) perpetuando para las generaciones venideras el nombre de uno de los hijos más ilustres de su historia como fuera el Dr. Marcelino Andrés y Bernat.

2. Aproximación al legado de M. Andrés

Si nos atenemos al corto periodo de tiempo que la vida deparó a M. Andrés (1807-1837), se puede remarcar la importancia de su obra escrita tanto cuantitativa como cualitativamente. No obstante, dado que todo su legado escrito y colecciones se perdieron y por las grandes limitaciones que se nos han presentado en la elaboración de esta nota, es difícil reconstruir con exacta precisión todas las parcelas en las que su labor nos parece mas decisiva a la hora de valorar su legado y aportación a la ciencia.

2.1 El viaje: itinerarios

El afán aventurero y el cierre de la universidad en 1830 fueron los factores decisivos para que Andrés emprendiera su atrevido viaje.

Como nos es conocido, el sábado 13 de noviembre de 1830, a las seis y media de la mañana, zarpaba de Barcelona a bordo del Nueva Amalia rumbo a santo Tome, dejando a todos sus amigos sorprendidos con su arrojo. El 21 de noviembre cruzaba el estrecho de Gibraltar. Cinco días más tarde, por el canal que dejan de las Damas, y a los diecisiete pasaba frente al río Senegal (Senegal) y la boca del Gambio (Gambia), después por delante de las islas de cabo Verde y el continente africano. Tras navegar por las costas de los Granos, de la Pimienta o de la Malaguetta, el  17 de diciembre fondeó en esta ultima delante del río Gran Cestrós (Liberia). El 18, pasó frente a los cabos de Palmas (Liberia) y Tres Puntas (Ghana), para alcanzar a los cuarenta y cinco días de navegación (sobre el 28 de diciembre), la costa de Dientes, de Marfil o de Oro avistando sucesivamente los fuertes o castillos de San Jorge de Mina (El Mina), Accra y Ouidah (Benin), a cuya rada llego a los sesenta y uno de haber embarcado tras permanecer dos días en la nave porque “la barra no me permitió desembarcar a causa de su bravura” pisaba tierra por primera ven en Ouidah el 13 de enero de 1831.

Prosiguió viaje hacia La Habana y a los siete días de haber llegado a la isla de Cuba, tomo pasaje en el bergantín goleta Catalana, capitaneada por Jaime Ricoma, y regresar a Dahomey, desembarcando en Ouidah donde le esperaba su amigo Antonio Constantí, quien atendió el precario estado de salud gravemente enfermo por el tifus contraído en la ciudad costera de Ghana. En marzo de 1831, con la corbeta La Tola, se trasladó a Fernando Poo y Santo Tomé, y entre julio y agosto de 1831, recorrió el río Gabón.

A pesar de sus achaques y un medio hostil, Andrés no se amilanó pues recorrió y exploró nuevas tierras dejando un testimonio de indudable interés científico por cuanto fue el primero de todos los exploradores de la zona y especialmente por los detalles que aporto en lo concerniente a Dahomey puesto que supera todas las informaciones posteriores. Así, nos habla y suministra daos sobre los reinos de Dahomey (Benin) y Achanti (Ghana); reino de Oná;  república de Guiguirigui; Popó Pequeño (Togo); república de Aqué y Popó Grande (Benin); Badagri, Uní, Lagos, Benin, Nuevo y Viejo Calabar (Nigeria); Gabón; las islas del  Príncipe, Santo Tomé, Annobón (Pagalu), Fernando Poo y Santa Elena. Es decir, los territorios costeros del golfo de Guinea localizados en el Africa occidental y ecuatorial, en alguno de los cuales (Gabón) penetró hasta 120 leguas hacia el interior del continente, llevando a cabo todos sus recorridos en menos de dos años, con un  afán incesante de explorador científico anotando las impresiones, describir las diferentes  observaciones y recoger diversas muestras para sus colecciones.

Por las frecuentes recaídas que presento y convencido de que sus fuerzas ya no le permitían continuar con su empresa, tras permanecer cerca de dos años en tierras africanas, decidió marchar a Sudamérica para mejorar su salud y de paso ver aquella parte del globo tan diferente de las dos en que ya había estado y regresar a España. Para lo cual, después de adoptar las medidas convenientes para empaquetar cuidadosamente y embarcar su equipo, libros, manuscritos y las colecciones que había formado, lo consigno al capitán de un barco que debía zarpar rumbo a Barcelona, vía La Habana, llevándose él únicamente lo mas necesarios para su viaje y varios animales vivos que quiso confiar al cuidado de nadie.

Acabados estos quehaceres Andrés se embarco en otra nave rumbo a América meridional, al mismo tiempo que satisfacía su curiosidad que le llevo a contemplar el inmenso peñasco de la isla de Santa Elena que encerraba el sepulcro de su admirado Napoleón. Allí se detuvo catorce días, visito la tumba del emperador francés e hizo algunas observaciones curiosas. Prosiguió su regreso por Río de Janeiro y otros puertos brasileños, La Habana e isla Tercera y llegar a Barcelona, muy enfermo, a mediados de 1832.

2.2 El legado escrito

Como anota De Roda, “Marcelino Andrés quiso regalar a la cultura española un doble servicio: el de las colecciones preparadas siguiendo las instrucciones del Dr. Graells y la aportación de las observaciones y conocimientos que acopió en sus exploraciones. Fracasado el primer intento, quedan como testimonio del segundo los apuntes.... dados a conocer por el P. Barreiro”

De todos los escritos, notas y apuntes de nuestro explorador tan solo se ha conservado el manuscrito del viaje por Dahomey que obraba en poder de Graells y que tras su fallecimiento en 1898 fue a parar junto a varias colecciones, preparaciones y otros papeles de su propiedad al Museo de Ciencias Naturales de Madrid, los cuales fueron encontrados por Jesús Mainar, profesor de la Universidad de Madrid, al inventariar y catalogar los folletos, manuscritos y demás obras del Dr. Graells.

Consultando el archivo del museo madrileño, en la actualidad no se encuentra dicho manuscrito aso como tampoco entre los papeles del legado del Dr. Graells que figuran en el mismo y en los administrativos que se conservan en el museo, por lo que el presente trabajo se ha elaborado a partir del estudio realizado por Barreiro.

La Relación del Viaje de Marcelino Andrés por las costas de Africa, Cuba e Isla de Santa Elena (1830-1832) fue editada en Madrid en 1932, en la Imprenta del P. De H. De Intendencia en Intervención Militares, Publicaciones de la Sociedad Geográfica Nacional, serie B, número 10. Se trata de un volumen en 4º, de 186 paginas y carece de iconografía.

Este texto comienza con una Advertencia preliminar, en tres apartados, el primero de los cuales justifica el motivo de la obra, seguido de otros dos que no son mas que un esbozo biográfico del vilafranquino. Tras esta introducción, figura la obra propiamente dicha, dividida en seis libros y veintiocho capítulos relacionados e interconectados entre si y precedidos de diversos epígrafes que los resumen.

Bajo el epígrafe Libro Primero se agrupan nueve capítulos. En los tres primeros, relata la descripción del viaje desde Barcelona y su itinerario hasta la costa de Oro. Recuerda en los dos siguientes, la estación lluviosa y seca, respectivamente, para proseguir en el sexto con la correspondiente al mar de estas costas. En el séptimo, narra la navegación de los negros y las formas de las diversas embarcaciones. Trata, en el octavo, sobre las casas y sus aspectos arquitectónicos, para finalizar en el noveno, sobre el reino de Dahomey (historia, extensión, ciudades y palacios).

El Libro Segundo, englobando cuatro capítulos, lo dedica íntegramente a la historia natural de los negros y de los habitantes de Guinea y analiza especialmente, la edad fetal e infantil, pubertad, adultez y longevidad de los negros así como las diferencias entre los habitantes de las diferentes gobernaciones desde Accra a Cabo López y diversos aspectos de la educación de los niños. El décimo capitulo, tan solo recoge el enunciado y matiza mínimos aspectos del profundo atraso de los indígenas de Guinea. Mientras que en el undécimo se centra en la población de esta zona, y en el duodécimo, de forma mas sucinta, precisa el carácter moral de los mismos. Finaliza el libro con el capitulo decimotercero a propósito del estado de la civilización reseñando el atraso de los negros en la medicina y en las artes; los Malés y su escritura y reverencia que se les tributaba.

Los cincos capítulos del Libro Tercero están dedicados íntegramente al estudio de las costumbres (indumentaria, aderezos, acto de dormir), alimentos y mercados; al recibimiento del rey de Dahomey a los blancos (audiencias reales), relaciones blancos-negros; casamientos y ceremonias fúnebres; fiestas de Guinea, Bommi y Bonny, la institución real y sus privilegios.

Relata, seguidamente, en el Libro Cuarto, dividido en siete capítulos; la religión y superstición, templos, ministros y deidades; legislación de Dahomey y de otros gobiernos de Guinea; penas capitales y castigos; ejército; cómputo temporal (calendario) y numérico (numeración, monedas y medidas). Poesía popular. Economía; géneros de exportación e importación, actividades agrícola e industrial (manufacturas) y las artes de los negros incluyendo los oficios propios como tales.

El libro Quinto dedícalo el autor a la reseña de los reinos vegetal y animal con las especies mas importantes.

El Libro Sexto, redactado en capitulo único, tras recordar la situación y limites de las islas del golfo de Guinea y los esfuerzos de los ingleses para establecerse allí, recuerda de forma semejante para cada una de ellas: situación, límites y descripción; insalubridad del clima, montes, fuente y vegetación (bosque); agricultura (terreno feroz), zoología (abundancia de pavos y puercos); ciudades (urbanismo y edificaciones); industria, comercio, población y costumbres (educación). Descripción de las islas, no todas exhaustivamente: Fernando Poo y Annobón, las menos, y muchos más Príncipe, Santo Tomé y sobre todo, Santa Elena, sin olvidar describir la casa en donde estuvo confinado Napoleón y su sepulcro, sitos en esta última.

Concluye con el correspondiente Indice de materias, siguiendo el orden correlativo de los libros en sus respectivos capítulos.

Como vemos la obra se halla dividida en seis libros, que comprenden veintiocho capítulos precedidos de diversos epígrafes que los resumen. La división en libros une criterios diversos: muy imprecisa en los primeros, pues la narración comienza en forma de periplo o de viaje (del que, por cierto, nunca se refiere la vuelta), y se van uniendo capítulos de descripción geográfica y etnográfica sin transición en el libro segundo. El tercero se ocupa también de la etnográfica, así como el cuarto, y tan solo tienen un papel marcadamente opuesto al resto de libros los numerados como cinco (Botánica y Zoología) y seis (islas del Golfo de Guinea).En la parte etnológica se observa cierto desorden que es perfectamente comprensible en la época de redacción del libro: todavía faltaban ochenta años para la clasificación de los rasgos etnográficos  de un pueblo (primero sus costumbres y dedicaciones a lo largo de su vida, y después sus creencias no ha quedado bien diferenciada de la descripción del viaje y de la geografía. No obstante, este tratamiento es común a toda la literatura de viajes y periplos, que además adolece, y aquí esta la virtud de la obra de Andrés, de grandes defectos  y errores en ola descripción antropológica.

Sin entrar en otras matizaciones, se puede afirmar que nos encontramos ante un texto escrito en una secuencia de capítulos encadenados, relacionados entre si, sin jerarquizar en absoluto; con cierta imprecisión, anarquía y desorden pero sin que desmerezcan otros pasajes por la gran belleza literaria que encierran y a veces con grandes tintes patéticos como el relato en que una boa, dangué, engulle a un recién nacido ofrecido por su madre.

De carácter eminentemente descriptivo y sintaxis complicada con gran acción verbal, usa abundantes frases gerúndiales y particípales que confieren una sensación de peso y falta de dinamismo en la obra. Su lenguaje es sobrio y elegante, cargado de vivacidad y muy didáctico, recoge abundantes localismos, catalanismos de construcción y léxicos dahometinos que no le restan interés para que el libro se lea con deleite y facilidad aun careciendo de toda iconografía.

2.3 Importancia científico-literaria en el contexto del mundo de viaje

El autor no se plantea redactar un manual científico exhaustivo y ordenado pues al principio de la obra hace toda una declaración de intenciones que nos hace ver a que clase de escrito nos enfrentamos: “iremos apuntando y describiendo cuanto se nos ofrezca a nuestros sentidos y curiosidad”.

Por tanto, lo obra responde mas que a un manual científico a un libro de viajes o bien de descripción etnológica. Por otra parte, dado que la obra es eminentemente descriptiva, no se ha podido realizar un análisis de referencias que nos hubiera ayudado a conocer el contexto científico en el que se movió Andrés.

No obstante a pesar de que el manuscrito sigue fielmente las directrices del genero de la literatura de viajes que tanto popularizaron los viajeros ingleses en la segunda mitad del siglo XVIII y XIX, tal vez con unos rasgos mas literarios que la mayoría, emerge como la primera obra escrita española que realiza una aportación a este genero de narraciones de viajes al continente africano. Esto se explica por su relativa anterioridad cronológica (1831-1832) a la de otros exploradores, por lo que se convierte en la década de la exploración hispana en África. Si bien, se halla limitada por no haber sido editada data mucho después, de manera que no pudio encabezar una serie de continuaciones o marcar una pauta a las obras posteriores.

En efecto, M. Andrés fue de los primeros exploradores de la Costa de Guinea, el primero de los españoles en estas tierras africanas y en Dahomey a través de innumerables recorridos, arriesgadas incursiones, consultas en archivos y todo genero de esfuerzos pudo satisfacer la inquietud y ansia indagadora que le llevaron a aquellas tierras del continente misterioso objeto de sus exploraciones, como después hiciera en Tortosa y sus alrededores.

2.4 Actividades de M. Andrés

Las englobamos en cuatro parágrafos, a saber: las de explorador, antropólogo, médico y docente, sin insistir en las facetas de viajero y geógrafo por quedar reseñadas en un apartado anterior.

2.4.1. M. Andrés explorador

La obra exploradora de M. Andrés se intuye al repasar los títulos de los diferentes capítulos de su manuscrito, por lo que por motivos obvios y de espacio eludimos su comentario.

En el relato del viaje se adivina el itinerario seguido, en el cual M. Andrés, como viajero se nos presenta como el primer explorador que se adentro y recorrió mas profundamente las tierras de Dahomey, superando su labor a la de Adam (1823) y adelantándose cinco años al capitan de la marina mercante José Moros, quien lo hizo en 1836, Freeman y Chapman (1834-1843), Forbes y Norris (1851), Répin y Vallon (1856), Borghero (1862), Fleuriot de Langle (1868), Laffite (1873), Torunafond (1875 Américo Camps (1877), Iradier (1874-1855), etc.

En el campo de la geografía natural Andrés describió puntualmente con gran precisión y exactitud sistemática la situación, limites y topografía de la zona de su observación y de todos los trayectos recorridos (costas, barra, ríos, lagos, embarcaciones, ciudades, islas). Clima y meteorología (estaciones). Flora, fauna y mineralogía, y otras diversas e interesantísimas observaciones sobre geografía económico-social (recursos naturales, economía, monedas, comunicaciones, población) de los habitantes y lugares comprendidos entre Accra y Cabo López, islas del golfo de Guinea y, de manera especial, en el reino de Dahomey en su zona comprendida entre la franja litoral baja y la central interior delimitada por la sierra Atakora y las estribaciones de la cadena Kong que no llego a alcanzar. Esto es, la zona limitada, según el explorador, por Popó Grande, Aqué, imperios de los Majuis y Nagós, Uní y Badagri o sea el Dahomey de aquel entonces, propiamente dicho.

Como naturalista, M. Andrés, aun careciendo de conocimientos extensos en esta disciplina no le eran ajenos, pues no hay que olvidar su gran relación con Graells formado en el círculo catalán de la Escuela de Botánica y Agricultura de la Junta de Gobierno de Barcelona y profesor de Zoología y Taxidermia en la Academia de Ciencias Naturales de Barcelona, defensor de la idea funcional de organismo y noción utilitaria en la ciencia española que tuvo especial repercusión en los trabajos desarrollados por los dirigentes de las Ciencias Naturales. Con esta influencia, Andrés formó un herbario de seis mil plantas, entre las cuales figuraban muestras de diferentes especies de cafés y de añiles con sus correspondientes semillas y las materias colorantes de las segundas, extraídas y preparadas por el mismo. Hizo, asimismo, colecciones de semillas de aquellas plantas notables, ya por la belleza y forma de sus flores, ya por la utilidad de sus frutos, madera o principios aplicables a la medicina o a las artes, y también, colecciones de moluscos, insectos, reptiles, aves, mamíferos y minerales recogidos en las tierras recorridas en el golfo de guinea al igual que posteriormente haría en la demarcación de Tortosa.

En este campo también fue un fiel documento de los aconteceres económicos isleños y recordar la introducción de algunos cultivos y la exportación de otros.

2.4.2. M. Andrés, antropólogo.

Independientemente de las numerosísimas anotaciones etnográficas (etnias, población, carácter moral, religión, civilización, cultura, usos y costumbres; arquitectura de las casas; alimentos; casamientos; ceremonias fúnebres; fiestas; educación; estructura política; monarca, legislación, ejército) su labor antropológica se centra fundamentalmente en la observación y estudio pormenorizado sobre la edad fetal y la evolución biológica de los dos sexos de los habitantes de Guinea en las fases fetal y del nacimiento, infancia, pubertad y edad adulta hasta la crisis vital que sufría la raza alrededor de los cincuenta años y, de manera especial, el estudio de la longevidad de los negros dahometinos (contrastando con los de las regiones equinocciales isleñas debido a sus malas condiciones de vida y los nulos cuidados sanitarios) con los correspondientes cambios somáticos que él consideraba por haber estado en circunstancias de estudiar mejor y más a fondo que los demás viajeros europeos.

Así, frente a la teoría de Sain-Clair defensora de que el intenso color blanco de los dientes de los nativos se debía al masticar azúcar y caña y no mascar tabaco ni comer de caliente, M. Andrés atribuyó la blancura como una consecuencia de la limpieza y los lavados de la boca tras mamar y después de todo tipo de comidas, hábito que practicaban desde la misma lactancia y conservaban el resto de su vida.

Censuró la postura del francés Conde de Buffon cuya Historia Natural del Hombre tanto repercutió en España, quien afirmaba que la deambulación de los niños se iniciaba a los tres meses y no entre los diez y doce meses, como observó y puntualizó Andrés.

También corrigió algunas equivocaciones cometidas por J.J. Virey en su Histoire naturelle du gener humain (París, Crochard, 1824) sobre la disposición anatómica de la pelvis y de los genitales externos de las púberes guineanas.

2.4.3. Medicina

Cuando en 1830 emprendió la andadura africana, M. Andrés estaba en quinto curso de la carrera lo que equivalía a bachiller en medicina, por tanto, con los conocimientos necesarios y facultado para poder ejercer su profesión, aunque posteriormente proseguiría estos estudios para conseguir la máxima titulación académica.

 Por las anotaciones que aparecen en el texto, con toda propiedad podemos afirmar que nuestro explorador esta bien formado y sabía medicina. Andrés fue un observador genial, penetrante, con una sagacidad implacable. Reunía buenas aptitudes, emprendimiento y decisión con criterios muy pragmáticos y excelentes dotes de observador crítico.

A pesar de su maltrecho estado físico, su “profesión favorita no quedó menoscaba con tantas y tan útiles ocupaciones)” en todos los puntos que visitó en la doble proyección práctico-asistencial y de investigador. Así, introdujo y aplicó remedios nuevos en la zona como la vacunación antivariólica “aunque yo observé con dolor que la vacuna, tan milagrosa entre nosotros, no se contagia entre ellos por más que inoculé a más de 50”. Estudió las enfermedades propias y endémicas de los lugares por él recorridos, algunas de las cuales todavía eran desconocidas en Europa, especialmente las dermatitis: carneada o enfermedad de Guinea y culebrilla o atóo. Filariasis, paludismo, fiebre amarilla, fiebres intermitentes, tifus, disentería, oftalmía, hernias, trismos, tétanos, viruela, etc. Describió los efectos e las mordeduras de algunos animales dañinos (boas o dangué, escorpión o malasé, ciempiés o susisé, etc.). Y todas estas entidades endémicas las registró con los síntomas particulares debidos a las incidencias propias del clima exigiendo también tratamientos modificados o enteramente diversos.

Insistió en el gran atasco higiénico-médico de los nativos que atribuyó, en parte, al grado mágico-supersticioso de sus creencias y a sus prácticas fetichistas. La medicina “tradicional tiene algún lugar entre ellos, pero en extremo atrasada, pues se limita a la prescripción de algún lugar entre ellos, pero en extremo atrasada, pues se limita a la prescripción de algún vegetal como lo ofrece la naturaleza, y la única operación farmacéutica que usan, sin duda por ser muy poco conocidas, y las operaciones quirúrgicas están olvidadas o ignoradas absolutamente, pues las hernias, tan comunes entre ellos, no se sujetan a ningún tratamiento y ni aun la reducción con la mano han imaginado. Los muchos desórdenes que aquejaban como la esterilidad femenina o las viruelas, verdadera epidemia que sacrificaba a millares de víctimas todos los años, no eran más que un  “castigo enviado por el dios a los pueblos, y es tan firme la creencia hacia esto que si había alguno qe emplease algún medio contra ellas eficaz, sería tratado como el más acérrimo contradictor de la voluntad de los cielos. Por ello, cuando traté de vacunar algunos tuve que efectuarlo en los esclavos, que no dependían sino de los blancos”.

Recogió algunos remedios terapéuticos tradicionales usados por los negros (gengibre o dahú –dolor abdominal -, endrino o afon –diarreas -, plátano o cocué –vulneraría -, limonero o yabusemú –antiparasitario -, harina de maíz hervida en agua o mingá –remedio universal -) y observó las nocivas influencias ambientales (vientos húmedos) como causas de algunos de sus trastornos tanto somáticos como psíquicos y su carácter melancólico.

También durante su residencia en Tortosa actuó en la epidemia del cólera de 1834 y se hizo acreedor de las distinciones de las academias barcelonesas. Una buena prueba de su valía si nos atenemos a su edad.

 

2.4.4 Docente

En el campo de la enseñanza, tan sólo sabemos por Graells que Andrés desempeñó sus labores docentes en la Sociedad de Amigos del País de Tortosa como director de la clase de agricultura desde 1835 hasta su fallecimiento.

3. Conclusión

Todos los comentarios esbozados hasta aquí así como los diversos estudios consabidos no agotan la personalidad del explorador ni la materialidad del viaje, ni el texto mismo de la Relación. No obstante, se ha procurado aclarar algunas inexactitudes referentes a su biografía, estudios y viaje a la vez que intentar redescubrir su olvidada figura y su desconocida obra.

Marcelino Andrés y Bernat, nacido y criado en un pueblo pequeño (Vilafranca), sería en una gran ciudad (Barcelona), donde se fraguó su personalidad que le permitió llevar adelante su proyecto. Allí estudió medicina, decidió y emprendió el viaje que le llevaría al continente africano para acudir de nuevo a la gran urbe, concluir sus estudios y asesorarse en irrealizables proyectos. Además de su hacer de explorador en Africa y en su lugar de residencia, ejerció la medicina allí donde quiera que estare: en las tierras que visitó y en la propia Tortosa, ciudad en la que también actuó de docente. Esfuerzos que, como se ha dicho, fueron reconocidos por las academias barcelonesas, cuando Andrés contaba tan sólo 29 años.

De todo el legado escrito, documental y colecciones, fruto de sus observaciones personales, prácticamente, nada queda: Su diario médico, una historia inconclusa de Dahomey, una memoria sobre Fernando Poo (redactada para aconsejar al gobierno de España la conveniencia de su colonización por el estado de abandono de la isla, lo que permitía a los ingleses aprovecharse de la misma) y unas correcciones a varias equivocaciones cometidas por Virey se perdieron todas tras su fallecimiento. Afortunadamente, se han conservado los apuntes de su viaje, obtenido setenta años antes de la conquista por Francia de los territorios del golfo de Guinea, reunidos en diferentes notas de las cuales solamente se disponen en la actualidad las referentes a su conocido periplo y que constituyen un testimonio excepcional y de singular validez para cualquier estudio retrospectivo al respecto.

En este orden de cosas, también queremos indicar que las crónicas de los posteriores viajes a Dahomey como la de Répin y Vallon en 1856 (de recorrido idéntico al que hizo Andrés), la de Fleuriot de Langle en 1868 (por las costas e islas de Guinea) o la de Américo Camps (1877), prácticamente en nada le superan. Aunque en estos casos por la condición de expertos tanto del cirujano francés como del vicealmirante Fleuriot (buen conocedor de la zona por haber navegado por ella en otras ocasiones anteriores: 1831,1842), no es de extrañar que su relato esté mejor sistematizado que el de Andrés, pero sin que le sobrepasen en contenido, en la variedad de detalles y la gran profusión de palabras del lenguaje autóctono que aporta el vilafranquino (hemos contabilizado 190 0 términos dahometianos  - nombres con que los nativos designan las más variadas cosas- y todo el sistema de numeración aritmética), frente a prácticamente ninguna por parte de los galos, lo que sin duda enriquece, mas se cabe, el valor de su manuscrito.

A pesar de que su biografía es la de un romántico, a juzgar por la descripción de algunos pasajes de los apuntes de su viaje y por las consideraciones criticas que formula en el campo de la antropología, su pensamiento científico se acerca mas a la mentalidad del positivismo naturalista que a la romántica propiamente dicha y su obra, como una continuación de las aportaciones de los estudiosos de las Sociedades de Amigos del País y de las Academias Literarias y Científicas salvadoras de la aridez científica que siguió a las luchas internas del siglo XIX.

Mejor que nunca puede calificarse con la palabra de malogrado al Dr. Marcelino Andrés, trabajador infatigable, constante, tenaz y consecuente con su empresa, pues si desdichado fue por su muerte tan prematura, también lo fue por haberse perdido toda su obra: las colecciones de sus materiales recogidos en tierras africanas y de Tortosa; la muerte de los animales que se trajo a España; el extravío de sus notas, libros y documentos; la pérdida de su diario médico y otros escritos, todo lo cual, acentuado con la no publicación de los apuntes de su viaje a su debido tiempo, sin vacilación puede afirmarse que anticipándose a los exploradores de la zona, recogió noticias que solo él pudo tener a su alcance por las circunstancias en las que se halló, con lo que hubiera resplandecido más la primacía que en la exploración de Dahomeu y otros territorios africanos corresponde al de Vilafranca: Marcelino Andrés, quien todavía sigue siendo el gran desconocido tanto en su tierra de origen como por los diversos exploradores que recorrieron el mentado país por una razón muy simple: no haberse divulgado sus escritos que anteceden y que en nada desmerecen a los de los posteriores autores tanto en el mundo de la ciencia natural como médica.

La personalidad de Marcelino Andrés y Bernat, médico, explorador, antropólogo, docente y académico es, en definitiva, una figura oscurecida y sumamente interesante en el contexto de su época, tanto en el ámbito loco.regional como estatal, que pedía una revisión y estudio. Un paso breve, en el análisis de su obra y redescubrimiento de su persona.

 
© 2006 C.P. Explorador Andrés.